El diario representa un subgénero literario bien interesante. Allí se destacan algunos Diarios de viaje "poco convencionales", por los cuales he adquirido recientemente una cierta afición que me ha llevado al reencuentro con viejos amigos.
Uno de ellos es Los autonautas de la cosmopista, el último libro de Julio Cortázar, escrito en co-autoría junto a Carol Dunlop, su mujer. El ejemplar que poseo pertenece a la Biblioteca Cortázar de la Editorial Alfaguara, 1996. Es un libro de viajes, lleno de fotos, textos y dibujos, que nos muestra de manera clara, más que ningún otro texto del autor, su actitud lúdica ante la literatura. La literatura como juego, como una manera de enfrentar el tedio y la rutina de la vida ordinaria (estoy seguro de que saben a lo que me refiero).
El 23 de mayo de 1982, en la búsqueda de un tiempo fuera del tiempo y un espacio fuera de la realidad, Carol y Julio se embarcaron en la aventura absurda, tierna y jocosa de recorrer en 33 días la autopista que une las ciudades de París y Marsella, montados en una furgoneta roja acondicionada para tal fin y bautizada con el nombre de "Fafner", el mítico dragón de Wagner. La idea principal del juego consistía en hacer un alto en todos los paraderos que se encontraban en el camino siguiendo un conjunto de reglas obligatorias –que muy bien se explican en el tercer capítulo–, tales como: cumplir el trayecto sin salir ni una vez de la autopista; explorar dos paraderos por día, pernoctando en el segundo, sin excepción; hacer levantamientos científicos en cada paradero; y un largo etcétera. Esto va a ocasionar que no falte en el recorrido la fantasía, el humor y la frivolidad, y que va a terminar por convertirse, para los autores, en una expedición al interior de sí mismos.
Si el lector acepta el reto –o, más bien, la complicidad–, de acompañar a los autores en esta aventura surrealista, lúdica e irracional, que ellos mismos no dudan en comparar con los viajes de Colón y Marco Polo, va a verse transportado de inmediato por el juego –es decir, por la lectura– a otra realidad, a un mundo paralelo donde no falta el humor, el amor y la fantasía, repleto además de interesantes digresiones filosóficas acerca de la literatura, la música, la poesía y la naturaleza –sobre todo la naturaleza humana.
El libro incorpora "elementos científicos": decenas de fotografías de los paraderos con descripciones detalladas de la flora –uno que otro árbol o arbusto– y de la fauna –babosas, gusanos, orugas– de cada uno de ellos, incorporando además observaciones climáticas y fenomenológicas, "sin las cuales" –y esto es una cita textual– "dicho libro no tendría un aire serio". Se nos narran también situaciones en las que no falta el misterio y la sensación de peligro: pipotes de basura que en actitud amenazadora observan todos sus movimientos –aquí el libro adquiere un tono policíaco–, espías desalmados disfrazados de camioneros que buscan hacerlos fracasar en su empresa, sin contar los restos del algún aquelarre de brujas maléficas –conos de transito abandonados en el camino– y las cámaras de tortura al aire libre –que incluyen horcas y cadalsos– transformados, durante el día, en inofensivos parque infantiles.
Debemos decir que este viaje fue también –y quizás principalmente– una estrategia de resistencia contra la enfermedad incurable que aquejaba a Carol desde hacia ya algunos años –representada en este libro por "los demonios"–, la cual va a llevarla irremediablemente a la muerte un año después, dando origen al entristecedor post-scriptum de diciembre de 1982 que cierra el libro.
Sin embargo, no podemos dejar de preguntarnos: ¿fue este viaje algo real? El mismo Cortazar nos siembra la duda al escribir en la página 261: "¿No te ha ocurrido por lo menos una vez, oh pálido lector cómplice y paciente, preguntarte si no estamos escondidos en una habitación de algún hotel de la Vilette desde el 23 de mayo?".