21 de Febrero, 2006

Admiración militante

Por malapraxis - 21 de Febrero, 2006, 7:37, Categoría: Apuntes de media jornada

Al leer algunos relatos como La vida del maldito, de José Antonio Ramos Sucre, se me hace difícil evitar que mi mente se transporte hacia los cuentos de Edgar Allan Poe, lo cual origina la siguiente reflexión:

¿Tendría Ramos Sucre, en algún momento de su vida, contacto con la obra del autor de El cuervo?, y en todo caso ¿qué importancia pude tener esto? Quizás ninguna, lo reconozco. Es muy probable que esta divagación sólo sea producto de la admiración que siento desde hace muchos años por ambos autores. Lo que sucede es que ciertos textos de Ramos Sucre me remiten de inmediato a historias como El gato negro o La caída de la casa Usher.

No quiero insinuar, de ninguna manera, que existió alguna intención de plagio ni nada por el estilo –¡Dios me ampare y me proteja!–. Busco más bien indagar en esa tendencia involuntaria que tenemos los escritores a dejarnos influenciar por el trabajo de otros (como ejemplo de ello pongo estas líneas, la cuales son el producto de un impulso incontrolable por dejar impresas –quizás con el secreto deseo de motivar a los más jóvenes a la lectura– algunas de mis andanzas por estanterías llenas de libros, y que nació luego de la lectura de los Diarios literarios del poeta Alejandro Oliveros –guardando por supuesto la debida distancia, no quiero que por un descuido imperdonable el profesor Oliveros vea empañada su bien ganada reputación).

Pero, volviendo al tema que me ocupa el día de hoy, las fechas parecen encajar. Poe murió –de manera trágica, cierto, pero esto puede ser motivo de otra entrada en este diario– en 1849. Sin embargo, ya desde 1848, y durante los siguientes diez años, Baudelaire se ocupó de traducir sus cuentos al francés, lo cual le dio una gran difusión a la obra. También representó grandes ingresos para el traductor, cosa que no ocurriría –como es por lo general el caso– con el propio Poe, quien dejó este mundo prácticamente en la más triste de las miserias.

Por el otro lado, Ramos Sucre nació en el año 1890, y aunque ninguno de sus biógrafos menciona a Poe entre sus muchas y variadas lecturas, es muy posible que por sus manos haya pasado alguna de estas traducciones, incluyendo la Juan Antonio Pérez Bonalde, que es a mi entender –y gusto– una de las más extraordinarias que se hayan realizado del poema El cuervo.

No debemos olvidar que Ramos Sucre dominaba muy bien el inglés, el francés y el italiano, por lo que no habría experimentado ninguna dificultad al momento de acometer la lectura de alguno de estos libros.

Me da por pensar que este primer encuentro con Poe pudo haber ocurrido hacia 1900, durante esos tres años que pasó Ramos Sucre en Carúpano, en casa de su tío y mentor, el Padre Ramos, del cual se dice tenía una extensa biblioteca. Allí el jovencito –debía tener unos 11 o 12 años para el momento– con toda certeza pasó muchas horas sumergido en la lectura de aquellos maravillosos volúmenes. Quiero imaginarlo, muy emocionado –viví esto en carne propia aproximadamente a esa misma edad–, sintiendo la presencia imponente en la que se convierte Edgar Allan Poe para todos aquellos que por primera vez nos acercamos a su cuentos.

Para ese momento –me refiero a los comienzos de 1900–, ya hacía más de 50 años que los libros de Poe circulaban por toda Europa, ejerciendo una gran influencia en las diferentes corrientes del arte, sobre todo en los simbolistas –Baudelaire cuenta que su primer encuentro con el escritor norteamericano fue en el año 1847, con la lectura de El gato negro. Por lo que es probable que en esos años (1900-1903) algunos de estos ejemplares hubieran cruzado el océano para ir a dar a las bibliotecas de algunos latinoamericanos ilustrados, amantes de la literatura de vanguardia.

Pero, ¿es que acaso esto puede tener alguna importancia trascendental? Ciertamente lo dudo. En el mejor de los casos no pasaría de ser una simple curiosidad. Digresiones sin sentido de una mente dislocada por el consumo excesivo de un vodka de dudosa calidad mezclada con jugo de parchita. Aunque también podríamos verlo –en la remota circunstancia de estar en lo cierto– como el instante glorioso en el que las trayectorias de ambos personajes se pudieron haber rozado tangencialmente en su camino hacia la eternidad.

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