Febrero del 2006

Smoke

Por malapraxis - 23 de Febrero, 2006, 16:35, Categoría: Gusto por el tedio

Me tropecé por pura casualidad con el libro Smoke &Blue in the face en el mostrador de la librería Ludens en Plaza Venezuela. Pienso que lo que me llamó de inmediato la atención sobre este libro fue el espantoso color rosado de la cubierta (¿estrategia de mercadeo?). Había intentado leer, del mismo autor: Paul Auster, la novela Leviatán pocos meses atrás. Sólo llegué a la mitad. Mi interés fue decayendo paulatinamente a medida que pasaba las páginas hasta hacerme penoso el avance (lo cual no quiere decir que el libro sea malo, tampoco me gusta Saramago y hay gente que lo adora). Pero la fama de Auster continuó persiguiéndome como una sombra a lo largo del tiempo. Eran mucho los comentarios que me llegaban de amigos e intelectuales en los que se afirmaba la calidad de su escritura (muchos más de los que me llegaban por los libros de Saramago). Quizás fue ello lo que me mantuvo en la búsqueda de alguno de sus libros que prometiera no defraudarme.

Smoke no es ni siquiera una novela, es un guión cinematográfico. He visto más de una vez la cinta exhibida en los estantes de mi club de video, y aunque cuenta con un buen elenco (Harvey Keitel, William Hurt, Forest Whitaker) nunca me atreví a rentarla por ese temor que nos lleva siempre decidirnos por opciones más seguras a nuestro gusto (los alquileres han subido mucho y ya no se puede ir por ahí tirando el dinero).

Smoke trata acerca de la naturaleza humana. En ella se entrelazan las historias de varios personajes, entre los que destacan: un novelista que ha sufrido una gran pérdida, el vendedor de una tienda de cigarros que todos los días toma la misma fotografía de una esquina de su vecindario, y un adolescente negro que anda en busca del responsable de la muerte de su madre, que no es otro que su mismo padre. Puedo decir con toda seguridad, luego de haber avanzado lo suficiente en la lectura, que voy a buscar esa cinta de video. Estoy convencido de que merece la pena verla, aunque sólo sea por la anécdota (y como uno lo que busca es pasar bien el rato, además, la cinta fue galardonada con el Premio Especial del Jurado y el Oso de Plata en el Festival de Berlín, qué más quieren).

El origen del film es un cuento de navidad que escribió Auster para una edición especial del New York Times. Éste fue leído por Wayne Wang (director de El club de la buen estrella) quien, bastante impresionado por texto, se comunicó de inmediato con Auster para proponerle hacer una película basada en el mismo.

Luego de cuatro años –y cantidad de tropiezos económicos y emocionales– la película estuvo lista, y no solamente eso, sino que se realizó también –casi por azar y en muy corto tiempo, como suele ser el caso de la mayoría de las obras de arte– la cinta compañera Blue in the face, con un elenco que incluye a Lou Reed, Harvey Keitel, Michael J. Fox y Madona, entre otros. Esta original comedia se rodó sin guión ni ensayos en tan sólo seis días. La componen escenas grabadas tras bastidores mientras los actores realizaban algunas improvisaciones cortas como calentamiento para el rodaje de Smoke. Las mismas resultaron tan extraordinariamente divertidas que Wang y Auster decidieron hacer otra película con ellas. Lo mejor de todo fue que los actores trabajaron por un salario mínimo, lo cual no impidió que pusieran en el proyecto la mejor actitud del mundo. Datos interesantes que además reivindican al género actoral.

Miedo

Por malapraxis - 23 de Febrero, 2006, 16:13, Categoría: Gusto por el tedio

All of us, the collected poems, de Raymond Carver (Vintage Books, 2000), es uno de esos libros que leo despacio, retomándolo cada cierto tiempo, a sorbos, como si se tratara de una de esas botellas numeradas de la reserva especial de Ron Santa Teresa.

Mejor conocido por sus cuentos cortos, Carver escribió también una cantidad impresionante de poemas. De hecho, y al igual que le ha ocurrido a muchos otros narradores, Carver comenzó su carrera escribiendo poesía. Pero me atrevería a decir que estos poemas son más bien, al igual que el resto de su obra, una especie de minicuentos. He aquí la traducción de uno de ellos (y como este oficio no es una de mis especialidades, diré que es una traducción bastante libre del mismo):

Miedo

Miedo de ver una patrulla policial detenerse frente a la casa.

Miedo de quedarme dormido durante la noche.

Miedo de no poder dormir.

Miedo de que regrese el pasado.

Miedo de que el presente tome vuelo.

Miedo del teléfono que suena en el silencio de la noche muerta.

Miedo a las tormentas eléctricas.

Miedo de la mujer de servicio que lleva una cicatriz en la mejilla.

Miedo a los perros aunque me digan que no muerden.

¡Miedo a la ansiedad!

Miedo a tener que identificar el cuerpo de una amigo muerto.

Miedo de quedarme sin dinero.

Miedo de tener mucho, aunque sea difícil de creer.

Miedo a los perfiles psicológicos.

Miedo a llegar tarde o de llegar antes que cualquier otro.

Miedo a ver la escritura de mis hijos en la cubierta de un sobre.

Miedo a verlos morir antes que yo, y me sienta culpable.

Miedo a tener que vivir con mi madre durante su vejez, y la mía.

Miedo a la confusión.

Miedo a que este día termine con una nota triste.

Miedo a despertarme y ver que te has ido.

Miedo a no amar y miedo a no amar demasiado.

Miedo a que lo que ame sea letal para aquellos que amo.

Miedo a la muerte.

Miedo a vivir demasiado tiempo.

Miedo a la muerte.

Ya dije eso.

Diarios de viaje

Por malapraxis - 23 de Febrero, 2006, 9:30, Categoría: Apuntes de media jornada

El diario representa un subgénero literario bien interesante. Allí se destacan algunos Diarios de viaje "poco convencionales", por los cuales he adquirido recientemente una cierta afición que me ha llevado al reencuentro con viejos amigos.

Uno de ellos es Los autonautas de la cosmopista, el último libro de Julio Cortázar, escrito en co-autoría junto a Carol Dunlop, su mujer. El ejemplar que poseo pertenece a la Biblioteca Cortázar de la Editorial Alfaguara, 1996. Es un libro de viajes, lleno de fotos, textos y dibujos, que nos muestra de manera clara, más que ningún otro texto del autor, su actitud lúdica ante la literatura. La literatura como juego, como una manera de enfrentar el tedio y la rutina de la vida ordinaria (estoy seguro de que saben a lo que me refiero).

El 23 de mayo de 1982, en la búsqueda de un tiempo fuera del tiempo y un espacio fuera de la realidad, Carol y Julio se embarcaron en la aventura absurda, tierna y jocosa de recorrer en 33 días la autopista que une las ciudades de París y Marsella, montados en una furgoneta roja acondicionada para tal fin y bautizada con el nombre de "Fafner", el mítico dragón de Wagner. La idea principal del juego consistía en hacer un alto en todos los paraderos que se encontraban en el camino siguiendo un conjunto de reglas obligatorias –que muy bien se explican en el tercer capítulo–, tales como: cumplir el trayecto sin salir ni una vez de la autopista; explorar dos paraderos por día, pernoctando en el segundo, sin excepción; hacer levantamientos científicos en cada paradero; y un largo etcétera. Esto va a ocasionar que no falte en el recorrido la fantasía, el humor y la frivolidad, y que va a terminar por convertirse, para los autores, en una expedición al interior de sí mismos.

Si el lector acepta el reto –o, más bien, la complicidad–, de acompañar a los autores en esta aventura surrealista, lúdica e irracional, que ellos mismos no dudan en comparar con los viajes de Colón y Marco Polo, va a verse transportado de inmediato por el juego –es decir, por la lectura– a otra realidad, a un mundo paralelo donde no falta el humor, el amor y la fantasía, repleto además de interesantes digresiones filosóficas acerca de la literatura, la música, la poesía y la naturaleza –sobre todo la naturaleza humana.

El libro incorpora "elementos científicos": decenas de fotografías de los paraderos con descripciones detalladas de la flora –uno que otro árbol o arbusto– y de la fauna –babosas, gusanos, orugas– de cada uno de ellos, incorporando además observaciones climáticas y fenomenológicas, "sin las cuales" –y esto es una cita textual– "dicho libro no tendría un aire serio". Se nos narran también situaciones en las que no falta el misterio y la sensación de peligro: pipotes de basura que en actitud amenazadora observan todos sus movimientos –aquí el libro adquiere un tono policíaco–, espías desalmados disfrazados de camioneros que buscan hacerlos fracasar en su empresa, sin contar los restos del algún aquelarre de brujas maléficas –conos de transito abandonados en el camino– y las cámaras de tortura al aire libre –que incluyen horcas y cadalsos– transformados, durante el día, en inofensivos parque infantiles.

Debemos decir que este viaje fue también –y quizás principalmente– una estrategia de resistencia contra la enfermedad incurable que aquejaba a Carol desde hacia ya algunos años –representada en este libro por "los demonios"–, la cual va a llevarla irremediablemente a la muerte un año después, dando origen al entristecedor post-scriptum de diciembre de 1982 que cierra el libro.

Sin embargo, no podemos dejar de preguntarnos: ¿fue este viaje algo real? El mismo Cortazar nos siembra la duda al escribir en la página 261: "¿No te ha ocurrido por lo menos una vez, oh pálido lector cómplice y paciente, preguntarte si no estamos escondidos en una habitación de algún hotel de la Vilette desde el 23 de mayo?".

El diablo en casa

Por malapraxis - 22 de Febrero, 2006, 6:54, Categoría: Gusto por el tedio

En su libro de ensayos Extrañas notas de laboratorio (Ediciones El otro, el mismo, 2003) el escritor Enrique Vila-Matas (ganador del Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos con El viaje vertical, que no es por cierto su mejor trabajo, me inclino más por Bartleby y compañía o Imposturas) nos comenta acerca de la lectura que hizo de un manuscrito, durante su estadía en un hotel ubicado en las montañas del páramo andino, y al que considera una pequeña obra maestra. Se trata de la novela El diablo en casa, de Ednodio Quintero.

La noticia de que existe otro libro de Ednodio, que  con suerte podremos leer pronto –lo digo porque según Vila-Matas aún está a la espera de editor– me llena de regocijo. Considero a Ednodio uno de los mejores escritores vivos en nuestra lengua. Su novela La danza del jaguar (Monte Avila Latinoamericana, 1991) es uno de los libros más cautivadores que he tenido la oportunidad de leer en toda mi existencia (no es fácil de conseguir, lleva varias ediciones totalmente agotadas). Su trama –lo más parecido al delirio producido por una fiebre abrazadora– está conformada por cientos de historias que se imbrican unas con otras en la mente de un joven adolescente.

Decir que Ednodio Quintero es quizás el mejor escritor venezolano en los actuales momentos puede de seguro ser considerado por muchos como una provocación, y hasta como una herejía –además de servir para ganarme no pocos enemigos–, pero si existe algo así como el “Top five billboard ranking” de la literatura venezolana, Ednodio ocupa allí, con toda certeza, un bien ganado lugar muy cerca del tope.

Admiración militante

Por malapraxis - 21 de Febrero, 2006, 7:37, Categoría: Apuntes de media jornada

Al leer algunos relatos como La vida del maldito, de José Antonio Ramos Sucre, se me hace difícil evitar que mi mente se transporte hacia los cuentos de Edgar Allan Poe, lo cual origina la siguiente reflexión:

¿Tendría Ramos Sucre, en algún momento de su vida, contacto con la obra del autor de El cuervo?, y en todo caso ¿qué importancia pude tener esto? Quizás ninguna, lo reconozco. Es muy probable que esta divagación sólo sea producto de la admiración que siento desde hace muchos años por ambos autores. Lo que sucede es que ciertos textos de Ramos Sucre me remiten de inmediato a historias como El gato negro o La caída de la casa Usher.

No quiero insinuar, de ninguna manera, que existió alguna intención de plagio ni nada por el estilo –¡Dios me ampare y me proteja!–. Busco más bien indagar en esa tendencia involuntaria que tenemos los escritores a dejarnos influenciar por el trabajo de otros (como ejemplo de ello pongo estas líneas, la cuales son el producto de un impulso incontrolable por dejar impresas –quizás con el secreto deseo de motivar a los más jóvenes a la lectura– algunas de mis andanzas por estanterías llenas de libros, y que nació luego de la lectura de los Diarios literarios del poeta Alejandro Oliveros –guardando por supuesto la debida distancia, no quiero que por un descuido imperdonable el profesor Oliveros vea empañada su bien ganada reputación).

Pero, volviendo al tema que me ocupa el día de hoy, las fechas parecen encajar. Poe murió –de manera trágica, cierto, pero esto puede ser motivo de otra entrada en este diario– en 1849. Sin embargo, ya desde 1848, y durante los siguientes diez años, Baudelaire se ocupó de traducir sus cuentos al francés, lo cual le dio una gran difusión a la obra. También representó grandes ingresos para el traductor, cosa que no ocurriría –como es por lo general el caso– con el propio Poe, quien dejó este mundo prácticamente en la más triste de las miserias.

Por el otro lado, Ramos Sucre nació en el año 1890, y aunque ninguno de sus biógrafos menciona a Poe entre sus muchas y variadas lecturas, es muy posible que por sus manos haya pasado alguna de estas traducciones, incluyendo la Juan Antonio Pérez Bonalde, que es a mi entender –y gusto– una de las más extraordinarias que se hayan realizado del poema El cuervo.

No debemos olvidar que Ramos Sucre dominaba muy bien el inglés, el francés y el italiano, por lo que no habría experimentado ninguna dificultad al momento de acometer la lectura de alguno de estos libros.

Me da por pensar que este primer encuentro con Poe pudo haber ocurrido hacia 1900, durante esos tres años que pasó Ramos Sucre en Carúpano, en casa de su tío y mentor, el Padre Ramos, del cual se dice tenía una extensa biblioteca. Allí el jovencito –debía tener unos 11 o 12 años para el momento– con toda certeza pasó muchas horas sumergido en la lectura de aquellos maravillosos volúmenes. Quiero imaginarlo, muy emocionado –viví esto en carne propia aproximadamente a esa misma edad–, sintiendo la presencia imponente en la que se convierte Edgar Allan Poe para todos aquellos que por primera vez nos acercamos a su cuentos.

Para ese momento –me refiero a los comienzos de 1900–, ya hacía más de 50 años que los libros de Poe circulaban por toda Europa, ejerciendo una gran influencia en las diferentes corrientes del arte, sobre todo en los simbolistas –Baudelaire cuenta que su primer encuentro con el escritor norteamericano fue en el año 1847, con la lectura de El gato negro. Por lo que es probable que en esos años (1900-1903) algunos de estos ejemplares hubieran cruzado el océano para ir a dar a las bibliotecas de algunos latinoamericanos ilustrados, amantes de la literatura de vanguardia.

Pero, ¿es que acaso esto puede tener alguna importancia trascendental? Ciertamente lo dudo. En el mejor de los casos no pasaría de ser una simple curiosidad. Digresiones sin sentido de una mente dislocada por el consumo excesivo de un vodka de dudosa calidad mezclada con jugo de parchita. Aunque también podríamos verlo –en la remota circunstancia de estar en lo cierto– como el instante glorioso en el que las trayectorias de ambos personajes se pudieron haber rozado tangencialmente en su camino hacia la eternidad.

La casa del poeta

Por malapraxis - 20 de Febrero, 2006, 11:03, Categoría: A campo traviesa

Según la cronología que aparece en su Obra Completa, publicada por la Biblioteca Ayacucho (1989), José Antonio Ramos Sucre estuvo viviendo una temporada, junto a su familia, hacia 1914, en el No. 80 de Amadores a Urapal, en la Parroquia La Pastora.

Personalmente, llevo varios años organizando un viaje a París para visitar, entre otras cosas, la casa en la que vivió, paso hambre y escribió Ernest Hemingway durante la época de entre guerras. La dirección exacta, 74 de la rue Cardinal-Lemoine, aparece apuntada en su novela París era una fiesta. Igualmente sueño con darme una llegadita a la ciudad de Praga para ver de cerca los lugares en los que habitó Kafka durante las diferentes etapas de su vida, la mayoría de los cuales aún conserva su estructura original.

¿Qué busco con todo esto? Ni yo mismo lo sé. Quizás tenga que ver con el anhelo de sentir algún tipo de influjo o de presencia que me alivie esta asfixiante sensación de orfandad literaria.

Entonces me dije, por qué no acercarme –como una especie de entrenamiento antes de salir a recorrer el mundo en busca de ajenos horizontes– a lo que fuera el refugio citadino de uno de los más reverenciados, admirados y queridos de nuestros poetas. Así que, aprovechando que la tarde estaba acompañada por un sol radiante, y luego de estudiar la zona con ayuda de los planos de la Metroguía, tomé mi cámara fotográfica y me puse en camino.

Durante el trayecto recordé una conversación que sostuve con el poeta Leonardo Padrón cuando recién había aparecido publicado en forma de libro su guión para la película Manuela Saenz, la Libertadora del Libertador. En esa oportunidad me comentaba que, como parte de la investigación que realizó para la escritura del texto, había viajado al Perú para observar personalmente la casa en que Manuela había pasado en destierro los últimos años de su vida. Su sorpresa fue encontrarla convertida en una venta de repuestos para vehículos. Realmente nunca –hasta hoy– pude hacerme una buena idea de lo que debió haber sido su decepción. Y es que esto fue lo que encontré en mi propio viaje exploratorio a lo que fuera la residencia capitalina de uno de los gigantes de nuestra literatura:

La casa está casi en ruinas, y presumo que totalmente deshabitada –no tuve oportunidad, ni tiempo, de verla más de cerca y mucho menos de cruzar el umbral de la puerta, no se imaginan lo peligroso que es aparecerse en esa zona de la ciudad con una cámara digital en la mano y en actitud sospechosa, cualquiera te da un batazo en la nuca, por decir lo menos.

Embargado por una inmensa tristeza me senté a observar la ruinosa edificación desde un pequeño cafetín ubicado al otro lado de la calle. Me pregunté cuánto esfuerzo se requeriría para transformarla en un pequeño espacio cultural o en un lugar de encuentro, tal como se hizo con la casa natal del poeta en Cumaná. Vale decir que para una gobernación o una alcaldía el dinero necesario para recuperar un lugar como ese debe ser sólo un pellizco en los cuantiosos presupuestos que actualmente se manejan en este país.

¡Oh, Dios!, cómo duele esta niña entre mis fauces

Por malapraxis - 18 de Febrero, 2006, 9:30, Categoría: Imposturas

Se cuenta que cierto pastorcillo hacía burla de sus compañeros cuando al exclamar a gritos: ¡El lobo, viene el lobo!, veíalos correr despavoridos tratando de poner a salvo sus rebaños. Sin embargo, un buen día, furtivo y gris, hizo la fiera, en efecto, su temible aparición, y el incauto personaje, presa del pánico, comenzó a vociferar más fuerte que nunca: ¡El lobo, viene el lobo!, mientras emprendía una errática carrera dando tumbos por entre las piedras y los arbustos. Esta advertencia no surtió el efecto esperado. Es evidente que los cada día menos asustadizos campesinos debieron pensar que no se trataba más que de otra de sus bromas. Tampoco es difícil imaginar las conjeturas que, con todo derecho, debe estar haciéndose el incauto lector de estas líneas en lo que respecta al final de la historia. Por ello, conviene saber que el incidente no produjo efectos que lamentar sobre los pastores o sus animales. Paso ahora a explicar el motivo de tan singular ocurrencia: el lobo, bajo el acoso de una cruel y recién adquirida afición a la carne de tiernas adolescentes, se había alejado, quizás con imprudencia, de la seguridad del bosque (y acaso de alguna otra circunstancia literaria) en busca de una niña de encarnada caperuza que llevaba ya varias horas de retraso.

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